lunes, 5 de septiembre de 2016

" Homilía del Papa Francisco en la Misa de canonización de Santa Teresa de Calcuta "



VATICANO, 04 Sep. 16 / 04:24 am (ACI).-

Ante cientos de miles de fieles presentes llegados de todas

partes del mundo y que abarrotaron la Plaza de San Pedro 


en el Vaticano, el Papa Francisco presidió la Misa de

canonización de Santa Teresa de Calcuta.

A continuación el texto completo de su homilía:

«¿Quién comprende lo que Dios quiere?» (Sb 9,13).

Este interrogante del libro de la Sabiduría, que hemos

escuchado en la primera lectura, nos presenta nuestra vida

como un misterio, cuya clave de interpretación


 no poseemos.

Los protagonistas de la historia son siempre dos:

por un lado, Dios, y por otro, los hombres.


Nuestra tarea es la de escuchar la llamada de Dios y

luego aceptar su voluntad.

Pero para cumplirla sin vacilación debemos ponernos

esta pregunta.

¿Cuál es la voluntad de Dios en mi vida?

La respuesta la encontramos en el mismo texto sapiencial:

«Los hombres aprendieron lo que te agrada» (v. 18).

Para reconocer la llamada de Dios, debemos preguntarnos y

comprender qué es lo que le gusta. En muchas ocasiones,

los profetas anunciaron lo que le agrada al Señor.

Su mensaje encuentra una síntesis admirable en la expresión:

«Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13).


A Dios le agrada toda obra de misericordia, porque en el

hermano que ayudamos reconocemos el rostro de Dios que

nadie puede ver (cf. Jn 1,18). Cada vez que nos hemos

inclinado ante las necesidades de los hermanos, hemos dado

de comer y de beber a Jesús; hemos vestido, ayudado y

visitado al Hijo de Dios (cf. Mt 25,40).


Estamos llamados a concretar en la realidad lo que 


invocamos en la oración y profesamos en la fe.

No hay alternativa a la caridad:

quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no

lo sepan, son quienes aman a Dios (cf. 1 Jn 3,16-18; St

2,14-18). Sin embargo, la vida cristiana no es una simple

ayuda que se presta en un momento de necesidad.


Si fuera así, sería sin duda un hermoso sentimiento de 


humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, 

pero sería estéril porque no tiene raíz. Por el contrario, el

compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la

caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con

su propia vida, para crecer cada día en el amor.


Hemos escuchado en el Evangelio que

«mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25).

Hoy aquella «gente» está representada por el amplio mundo

del voluntariado, presente aquí con ocasión del Jubileo

de la Misericordia. Ustedes son esa gente que sigue al

Maestro y que hace visible su amor concreto hacia cada

persona. Les repito las palabras del apóstol Pablo:

«He experimentado gran gozo y consuelo por tu amor, ya que,

gracias a ti, los corazones de los creyentes han encontrado

alivio» (Flm 1,7).


Cuántos corazones confortan los voluntarios.

Cuántas manos sostienen;

cuántas lágrimas secan;

cuánto amor derramò en el servicio escondido, humilde y

desinteresado. Este loable servicio da voz a la fe y

expresa la misericordia del Padre que está cerca de

quien pasa necesidad.


El seguimiento de Jesús es un compromiso serio y al mismo

tiempo gozoso; requiere radicalidad y esfuerzo para

reconocer al divino Maestro en los más pobres y descartados

de la vida, y ponerse a su servicio.

Por esto, los voluntarios que sirven a los últimos y a los

necesitados por amor a Jesús no esperan ningún

agradecimiento ni gratificación, sino que renuncian a todo

esto porque han descubierto el verdadero amor.


Igual que el Señor ha venido a mi encuentro y se ha 


inclinado sobre mí en el momento de necesidad, así 

también yo salgo al encuentro de él y me inclino sobre 

quienes han perdido la fe o viven como si Dios no existiera,

 sobre los jóvenes sin valores e ideales, sobre las familias en

 crisis, sobre los enfermos y los encarcelados, sobre los 

refugiados e inmigrantes, sobre los débiles e indefensos en

el cuerpo y en el espíritu, sobre los menores abandonados

 a sí mismos, así como también sobre los ancianos

 dejados solos.

Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda


 para ponerse en pie, allí debe estar nuestra presencia y la

presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza.

Hacer esto con la viva memoria de cuando yo estaba


tendido ahí y el Señor se inclinó sobre mí.


Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una

generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose

a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa

de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada


y descartada. Se ha comprometido en la defensa de la vida

proclamando incesantemente que

«el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre».

Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que


 mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo

 la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir

 su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran

 sus culpas ante los crímenes de la pobreza creada

 por ellos mismos.

La misericordia ha sido para ella la «sal» que daba sabor

a cada obra suya, y la «luz» que iluminaba las tinieblas

de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su

pobreza y sufrimiento.


Su misión en las periferias de las ciudades y en las

periferias existenciales permanece en nuestros días


 como testimonio elocuente de la cercanía de Dios

 hacia los más pobres entre los pobres.

Hoy entrego esta emblemática figura de mujer y de 


consagrada a todo el mundo del voluntariado:

" que ella sea vuestro modelo de santidad."

Pienso que tal vez tendremos un poco de dificultad en

llamarla Santa Teresa. Su santidad es tan cercana a

nosotros, que espontáneamente la seguiremos llamando

Madre Teresa.


Esta incansable trabajadora de la misericordia nos ayude

a comprender cada vez más que nuestro único criterio de

acción es el amor gratuito, libre de toda ideología y

de todo vínculo y derramado sobre todos sin distinción

de lengua, cultura, raza o religión.


Madre Teresa amaba decir:

«Tal vez no hablo su idioma, pero puedo sonreír»

porque abriga el corazón en su sonrisa.

Llevemos en el corazón su sonrisa y entreguémosla a todos

los que encontremos en nuestro camino, especialmente a


los que sufren. Abriremos así horizontes de alegría y 

esperanza a toda esa humanidad desanimada y 

necesitada de comprensión y ternura.



Fuente: https://www.aciprensa.com/noticias/texto-homilia-del-papa-francisco-en-la-misa-de-canonizacion-de-santa-teresa-de-calcuta-16125/



                      





























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