domingo, 23 de abril de 2017

" El ROSTRO DE LA MISERICORDIA * San Alberto Hurtado "




Jesús es la misma bondad y misericordia.
El amor de Dios hecho carne.
Toda la vida de Cristo fue amor y
misericordia y bondad y para con todos…

El hombre necesita tanto del perdón y es
duro para perdonar. Excusa la falta cuando
la ve en él, pero cuando está en los demás
arroja barro sobre barro.
A los pecadores no los perdona sino Cristo.
Porque nadie como El sabe lo que hay en el hombre.

Jesús perdonó a la adúltera.
Hay algunos que quisieran sacar este pasaje
del Nuevo Testamento porque Cristo ni siquiera
retó a la mujer. Pero para quitarlo habría que quitar
a Jesús del Evangelio porque es el mismo de la
Samaritana, de Magdalena, del buen ladrón.
¿Que no tomó en serio el pecado El, a quien
araron sobre sus espaldas?
‘Cuenta si puedes mis llagas’…
¡Vaya si tomó en serio el pecado!
Pero sufrió El por nosotros y cuando vio en el tono
y expresión de ella su contrición, le abrió el río
misericordioso de su corazón, del buen amor.

En su vida nada tan constante como su continuo
perdonar de este “amigo de los pecadores”.
Al paralítico de Cafarnaún, a la mujer pecadora,
a la adúltera de Jericó; a la Samaritana, a Zaqueo,
a sus enemigos tantas veces.
Estas escenas parecían escandalizar a los que
lo rodeaban: les parecía a ellos que sacrificaba la
justicia por la misericordia; la dignidad por la
mansedumbre, la fuerza por la paz, casi la verdad
misma para que el pecado pueda ser perdonado y
el pecador pueda ir libre.

Misericordia es el amor del miserable.

 Hay un amor que estima lo que tiene valor y de
 este amor no somos acreedores.
Pero hay un amor que ama lo que no vale y hasta el que
no tiene sino el valor negativo de su miseria, y este amor
sólo Dios puede tenerlo. Es amor creador.
Se siente inclinado donde hay menos, porque puede

 poner más.
Por eso busca la miseria y es misericordioso.
La Virgen Santísima nos ha enseñado el himno de la misericordia.
Ha llenado de bienes a los hambrientos; ha mirado la humildad de su esclava; ha hecho en mí cosas grandes el que es poderoso y su misericordia de generación en generación.
Por eso ninguno es tan apto a sentir el amor de Dios como el miserable y por eso Dios se complace en que los miserables canten su amor.

Con qué afición y ternura de entrañas, con qué extremos

 de amor, la misericordia infinita de Dios provee a nuestra miseria, conoce él nuestra pequeñez e insuficiencia, la pobreza de nuestras ofrendas, la escasez de nuestros méritos y su corazón de Padre se conmueve.
¡Quiere perdonar nuestras culpas, quiere auxiliarnos,
quiere hacernos participantes de sus largos favores!

Apenas apareció Jesús sobre la tierra,

 San Juan al verlo dijo de Él:
He aquí el cordero de Dios, el que borra

 los pecados del mundo.
Sus contemporáneos lo acusaron de ser amigo de los pecadores y de comer con ellos. Este recibe a los pecadores.
Esta era la acusación, la única fundada que se dirigió

 contra Jesús y esta acusación nos debe llenar de profundo consuelo.
Para los pecadores fueron sus más hermosas parábolas:
Él es el Buen Pastor que sale en busca de la oveja perdida

 y cuando la ha encontrado vuelve gozoso al redil.

Hermanos, si tenemos pecados
y ¿quién de nosotros no lo tiene?
Acordémonos que Jesús es siempre el mismo:
ayer, hoy y siempre.

 Vamos a su corazón herido por la lanza y
dejemos caer en Él el fardo de nuestras culpas.
Tengamos confianza, inquebrantable confianza en que su
amor infinito es más fuerte que todas nuestras miserias,
que todos nuestros crímenes.
Pidámosle perdón y hoy como ayer su voz bendita nos dirá
la dulce palabra:
Hijo, vete en paz y no quieras pecar más.

San Alberto Hurtado S.J.



Fuente: www.padrealbertohurtado.cl


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