lunes, 16 de octubre de 2017

" Santa Margarita María de Alacoque "




Debemos conocer el amor de Cristo, 
 que excede todo conocimiento
De las cartas de 

Santa Margarita María de Alacoque.

Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de
 que su sagrado Corazón sea honrado con un culto
 especial tiende a que se renueven en nuestras
 almas los efectos de la redención.
 El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente
 inagotable, que no desea otra cosa que 
 derramarse en el corazón de los humildes,
para que estén libres y dispuestos a gastar la
 propia vida según su beneplácito.

De este divino Corazón manan sin cesar

 tres arroyos:
el primero es el de la misericordia para con
 los pecadores, sobre los cuales vierte el
 espíritu de contrición y de penitencia;
 el segundo es el de la caridad, en provecho
 de todos los aquejados por cualquier necesidad
 y, principalmente, de los que aspiran a la
 perfección, para que encuentren la ayuda 
necesaria para superar sus dificultades;
 del tercer arroyo manan el amor y la luz para 
sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir
 consigo para comunicarles su sabiduría y sus
 preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada
 cual a su manera, se entreguen totalmente
 a promover su gloria.

Este Corazón divino es un abismo de todos

 los bienes, en el que todos los pobres
 necesitan sumergir sus indigencias:
 es un abismo de gozo, en el que hay que 
sumergir todas nuestras tristezas, es un 
 abismo de humildad contra nuestra ineptitud,
 es un abismo de misericordia para los
 desdichados y es un abismo de amor, en el
 que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

Conviene, pues, que os unáis al

 Corazón de nuestro señor Jesucristo en el
 comienzo de la conversión, para alcanzar la
 disponibilidad necesaria y, al fin de la misma,
 para que la llevéis a término.
 ¿No aprovecháis en la oración?
 Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias
 que el Salvador profiere en lugar nuestro en
 el sacramento altar, ofreciendo su fervor en
 reparación de vuestra tibieza; y, cuando os
 dispongáis a hacer alguna cosa, orad así:
 «Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón
 de Hijo y según sus santos designios, y os lo
 ofrezco en reparación de todo lo malo o 
imperfecto que hay en mis obras».
 Y así en todas las circunstancias de la vida.
 Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo,
 injurioso, decíos a vosotros mismos:
 «Acepta lo que te manda el sagrado Corazón
 de Jesucristo para unirte a sí».

Por encima de todo, conservad la paz del corazón,

 que es el mayor tesoro.
 Para conservarla, nada ayuda tanto como el
 renunciar a la propia voluntad y poner la 
voluntad del Corazón divino en lugar de la
 nuestra, de manera que sea ella la que haga 
en lugar nuestro todo lo que contribuye a su
 gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos 
 sometamos a él y confiemos en él totalmente.

Fuente: www.corazones.org

                 





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